
Entre los superastros mejor cotizados de Hollywood -se ha publicado que ha ganado salarios de ocho cifras en cada una de las producciones en la trilogía The Matrix (1999-2003)- Keanu Reeves es un actor con un estilo de interpretación muy sui generis, por no decir peculiar: no es el rostro más expresivo de la gran pantalla, como podría serlo alguien especializado en la técnica del method acting. Incluso podríamos decir que, en el caso del incomparable Reeves, es todo lo contrario.
Nacido en Beirut, Líbano, en 1964, es de ascendencia asiática y europea por parte de padre y madre, respectivamente. Si bien sería una exageración afirmar que es un actor innato, ha logrado crear su propio nicho en la industria cinematográfica, precisamente porque sus interpretaciones dan la impresión de ser emocionalmente minimalistas. Es decir, Reeves podría ser la antítesis de Al Pacino, y sin embargo es un actor que se ha mantenido activo desde que comenzó trabajando en la televisión en papeles pequeños hasta que gradualmente entró en las grandes ligas en filmes menores como Youngblood y, especialmente, River's Edge, ambas de 1986, hasta convertirse en un superstar oficial con el éxito taquillero Speed (1994) junto a Sandra Bullock.
El pasado fin de semana, su más reciente producción, The Day the Earth Stood Still, invadió la taquilla de Estados Unidos y Canadá para recaudar más de $30 millones. La película es un remake de una cinta que Robert Wise (The Sound of Music, 1965) dirigió en 1951, con el británico Michael Rennie en el papel del extraterrestre pacífico Klaatu, y Patricia Neal, cuyo rol es ahora interpretado por Jennifer Connelly.
El personaje de Klaatu parece haber sido creado a la medida para Reeves: es una figura que no demuestra en su exterior lo que siente por dentro --un zombi cibernético-- y sin embargo posee un mystique que lo convierte en una figura enigmática. Cuando está en cámara capta nuestra atención. Klaatu es una entidad tan en control de sus sentidos que, en comparación, el más tranquilo de los humanos se podría clasificar de histérico. El resultado es una actuación impresionante en una superproducción --la versión de Wise fue de bajo presupuesto, aunque para muchos es una obra maestra del género de ciencia ficción-- con efectos especiales de proporciones épicas en la tradición de Independence Day (1996) y The Day After Tomorrow (2004), blockbusters que pertenecen al subgénero de cine apocalíptico.
Si bien la filmografía de Reeves es bastante diversa, tampoco puede decirse que ha demostrado ser el actor más versátil entre las celebridades en la Lista A hollywoodense, poseedor del espectro dramático más amplio de su generación. No obstante, cuando ha trabajado con ciertos cineastas que han sabido sacarle el jugo, como Gus Van Sant en el drama homoerótico My Own Private Idaho (1991), junto a su recordado amigo River Phoenix, y en la comedia romántica Something's Gotta Give (2003), con Diane Keaton y Jack Nicholson, bajo la dirección de Nancy Meyers, Reeves resulta ser un actor sumamente pulido y convincente.
Desde Something's Gotta Give, Reeves ha tenido una racha de cintas poco impresionantes que no han conectado con un amplio público: Thumbsucker y Constantine, del 2005; la experimental A Scanner Darkly y la menospreciada The Lake House (una vez más con Bullock), del 2006. Tomó un receso en el 2007, hasta su comeback este año en el drama de crimen Street Kings, que tampoco pegó en la taquilla, y ahora con la excepcional The Day the Earth Stood Still que representa la mejor actuación de su carrera. Para el 2009 tiene The Private Lives of Pippa Lee, cinta dirigida por Rebecca Miller, esposa del actor Daniel Day-Lewis, en la que colabora con algunas de las mejores actrices del cine: Julianne Moore, Monica Belluci, Maria Bello, Robin Wright Penn y Winona Ryder.
A los 44 años Reeves está reafirmando no sólo su estatus de galán, sino que detrás de su exótico rostro mora un talento que no habíamos reconocido antes, como una luz que se ha encendido para revelar habilidades y cualidades escondidas. Quizás eso es lo que significa ser una estrella innata en su fase de renacimiento.

MADRID.- Hay actores que desprecian las entrevistas con la misma pasión con que Hitchcock odiaba a los actores («Nunca dije que fueran ganado. Lo que dije es que había que tratarles como tal»). Keanu Reeves es uno de ellos. Se le nota en un simple detalle de malabarista: mientras habla es capaz de ajustarse el calcetín, rascarse la barba y poner cara de otra-vez-la-misma-pregunta en un único mohín (¿de desprecio?). Si además escupiera por el colmillo... Oscar. «¿Qué significa eso? ¿Acaso no te parece suficiente mi respuesta?», espeta al entrevistador ante un, se diría que inocente, «Aha». El actor canadiense aunque nacido en Beirut hace 42 años acaba de estrenar Ultimátum a la Tierra, el remake del clásico de ciencia-ficción que Robert Wise filmara en 1951. De momento, primer puesto en taquilla, pero, todo sea dicho, de forma más bien discreta (poco más de 2 millones de euros recaudados frente a los casi cuatro que hizo el número 1 de la semana anterior).
La cinta reconstruye el dilema que proponía la película original, pero actualizado o algo peor. Donde antes había riesgo nuclear (estábamos en plena Guera Fría), ahora es la amenaza ecológica la que manda. ¿Puede una película cambiar la conciencia social? «Bueno, esto es entretenimiento, pero sí, por lo menos ésa es mi esperanza». Keanu evita las respuestas que manchan. El propio director de Ultimátum, Scott Derrickson, no duda en jugar a los paralelismos más bien obvios. Donde su película habla de una nueva era, él cita a, por supuesto, Obama. El actor se mantiene prudente: «Si hubiera vencido el Partido Republicano, seguro que se habría entendido como una denuncia de la violencia ejercida por el gobierno americano, pero ganaron los demócratas, así que imagino que es más fácil extraer un mensaje lleno de esperanza». ¿Y qué le parece el resultado de las elecciones? «Todo el mundo está emocionado y el aire fresco que parece respirarse es positivo». Aquí el «Aha» y, de su mano, el cabreo del intérprete.
Son los privilegios de una estrella que lleva en Hollywood desde los 22 años. «Cuando empecé era costumbre que, al acabar la jornada de rodaje, te fueras con tus compañeros a tomar unas cervezas. Ahora, el máximo al que llegas es a meterte en tu tráiler y bebértela allí solo. Pero no es un cambio de Hollywood sino de la sociedad entera. Ahora se demandan otro tipo de películas. La industria se ha vuelto más insensible. Mientras ruedas hay demasiada gente a tu alrededor que se juega su dinero. Aún así, sigo divirtiéndome», dice en una carrera apresurada por tres décadas de trabajo. ¿Su papel más importante? «Trabajar con Bertolucci en El pequeño Buda fue una experiencia increíble. Conocer el budismo, la meditación, viajar a Katmandú... Pero Matrix, sin duda, cambió mi vida personal, profesional y financiera... De mi trabajo con Coppola en Drácula recuerdo sobre todo a Gary Oldman, un actor tan bueno que era capaz de deprimirte e inspirarte por igual». Buda, Neo, Constantine, Klaatu... se diría que gran parte de su trayectoria se resuelve en personajes de honda espiritualidad. No en balde, el que habla se llama «brisa fresca sobre las montañas». Keanu significa todo eso en hawaiano. «Prefiero la palabra humanista», corrige veloz. «Soy humanista porque creo en la compasión, la tolerancia, el entendimiento...».
¿Qué le parece eso de hacer entrevistas? «Digamos que soy muy privado. Lo llevo como puedo. Pero me resulta muy difícil hablar de mi mismo». Queda claro. «Aha».
¿Es posible repetir un clásico?
Hubo un tiempo en que la forma más sencilla de decir la verdad era por medio de un marciano. Pocos tipos obligaron tanto a afinar el ingenio, a afilar las metáforas, como el anticomunista senador McCarthy. De repente, la ciencia-ficción vivió su edad dorada. Hablamos de los años 50. «En realidad, el género fantástico siempre ha sido una excusa para hablar de nosotros mismos», dice Reeves. Cierto. Lo que no queda tan claro es la necesidad de repetir la más original y totémica película que ha dado el género. Aquí toma la palabra el director, Derrickson: «El 'remake' es una gran tradición de Hollywood. Hay cuatro versiones de 'La invasión de los ultracuerpos'. Y 'El mago de Oz' que conocemos es, a su vez, una versión de otra película anterior». Buen intento. De momento, ni la taquilla ni la crítica parecen convencidos con la idea de repetir 'Ultimátum'. «Hemos querido ser fieles al original, pero sin copiar». El director insiste.

Antes del juicio final, algunos ejecutivos están dispuestos a forrarse. La opulenta revisión de Ultimátum a la Tierra anuncia una temporada de destrucción masiva.
EL 5 de agosto de 2004, la agencia Reuters anunciaba que el Gobierno de Estados Unidos iba a consultar a varios guionistas de Hollywood para saber qué harían ellos (desde un punto de vista estrictamente creativo) si fueran terroristas o pensaran atacar el país. "Bien hecho", pensaron algunos, "¿quién mejor que los plumillas del cine para saber cómo destruir ciudades, países y continentes enteros?". A ellos les debemos ratas descomunales, virus, meteoritos, cataclismos, monstruos gigantes, insectos mutantes, alienígenas malintencionados... Pero también existen otras pruebas palpables de que el fin del mundo, vía económica, bélica o terrorista, acecha al ser humano. Documentales recientes como Zeitgeist, TerrorStorm o Endgame (que no son nada marginales, han tenido millones de espectadores al estar colgados gratuitamente en Internet y se pueden comprar en una página web tan poco subversiva como Amazon) han enseñado a los grandes estudios que lo de destruir la Tierra (o, como mínimo, intentarlo) sigue siendo provechoso. Así pues, nos espera un 2009 lleno de horror y caos, la excusa perfecta para engullir palomitas un viernes por la tarde.
"A la población le encanta ver cómo el planeta se va a la mierda", según palabras del profeta y director de cine Roland Emmerich, uno de los grandes expertos en cargarse a todo bicho viviente cuando se trata de aniquilar en pantalla grande. Ahí quedan Independence day, Godzilla, El día de mañana y, próximamente, 2012. "Ya sé que dije que no volvería a hacer películas de catástrofes, pero la idea es tan increíble que creo que vale la pena volver a intentarlo", declaraba Emmerich en Firstshowing.net a propósito de esta última, que ha despertado una auténtica ola de pánico en EE UU, donde los foros se han llenado de teorías sobre el juicio final, mientras muchos iluminados ya preparan sus búnkeres y acumulan comida. 2012 teoriza (a lo hollywoodiense) sobre el año en que los mayas situaban el final de su calendario, y que algunos interpretan como un aviso astrológico que —alineación de todos los planetas mediante— provocará una catástrofe cósmica que no dejará títere con cabeza: "Si pones 2012 en Google te salen 240 millones de páginas, da miedo, ¿no?", se relame Emmerich. De momento, los amantes del Apocalipsis en alta resolución pueden admirar ya, online, el teaser (o tráiler primerizo) donde se ve a un monje budista corriendo hacia un monasterio por las montañas; una vez allí, coge un gran tronco, que golpea contra una gigantesca campana, a modo de aviso. Lo siguiente que el espectador ve es una ola que se eleva por encima de la —se supone— cordillera del Himalaya, llevándose por delante el monje, el tronco, la campana y, naturalmente, el monasterio. Todo ello aderezado con el mensaje: "¿Cómo prepararían los Gobiernos a 6.000 millones de personas para el fin del mundo?". Ellos mismos se contestan: "No lo harían".
Extraterrestres con ganas de fiesta. "Estaba hablando por teléfono con mi agente mientras miraba una foto vía satélite de Nueva Orleans [tras el huracán Katrina] en la portada del LA Times, y pensé: hemos llegado a un punto en el que la hemos cagado tanto que este padre universal va a venir a aplastarnos", afirmaba a la revista Total film David Scarpa, creador del guión de la nueva versión de Ultimátum a la Tierra, donde el detonador para la explosión definitiva proviene de otra galaxia y tiene la jeta de Keanu Reeves. Su personaje, Klaatu, es menos comprensivo que en el clásico de 1951 y se carga unos cuantos edificios para que quede claro que para él lo de fulminarnos es un juego de niños. La propia Jennifer Connelly, que retoma el papel de Patricia Neal en el original, advertía del peligro actual: "La humanidad tiene que recapacitar sobre lo que está pasando".
Tampoco en La carretera, adaptación de la novela de Cormac McCarthy, que se estrena en primavera, se quedan cortos: en un mundo arrasado por un holocausto indeterminado, un padre y su hijo tratan de sobrevivir a las hordas de caníbales y otras lindezas por el estilo. A la cabeza del reparto, Viggo Mortensen, quien no ha querido explicar mucho de la película, excepto que "hay muy pocos diálogos"; quizá porque el silencio es mucho más apropiado para ocasiones como éstas.
En otro plano más comercial, donde la tragedia apenas se oye por culpa de las explosiones, se encuentra Terminator salvation. La acción esta vez se sitúa en un mundo arrasado por Skynet, la supercomputadora asesina, con John Connor (otro papelón para el hiperactivo Christian Bale) tratando de organizar la resistencia: "Combatimos en medio de la radiación, en un paisaje arrasado por las bombas nucleares y contra un enemigo implacable que no necesita descansar", comentaba un taciturno Bale en Barcelona con ocasión de la presentación de El caballero oscuro. El actor consideraba entonces el Apocalipsis "una posibilidad cercana tal como se están haciendo hoy día las cosas".
Pulsos, zombies y sangre a borbotones. Otro que se frota las manos con el final de los tiempos es Eli Roth, orgulloso responsable de las dos entregas de Hostel: "Veo el pulso por todas partes: en restaurantes, en cines, en eventos deportivos... Todos esos sitios donde la gente te vuelve loco hablando por el móvil. Veo el Armagedón total. Gente enloqueciendo, todos matándose a la vez, en todo el mundo. Coches chocando unos con otros, apuñalamientos, gargantas degolladas...". Roth se refiere a la adaptación (que, al parecer, va a acometer) de la novela de Stephen King Cell, donde una señal enviada a través de los teléfonos móviles (el pulso) convierte a la mayor parte de la población en zombies con ganas de guerra.
Y no se acaba aquí la cosa, ni mucho menos. Pronto veremos también Watchmen, posiblemente la mejor novela gráfica de todos los tiempos, con su propia versión del juicio final (a manos de un experto, Zack Snyder, que ya dejó huella con la magnífica El amanecer de los muertos); Chrysalis, basada en un relato corto de Ray Bradbury, sobre un grupo de científicos tratando de conservar la vida vegetal tras la tercera guerra mundial; Autumn, sobre un virus que arrasa la Tierra y deja a los supervivientes en manos de una marea de zombies; Mutant chronicles, sobre un planeta arrasado por el apetito de las grandes corporaciones; o la esperadísima World War Z, adaptación de la impresionante novela de Max Brooks relatando la victoria de la humanidad sobre la epidemia zombi, que dirigirá Marc Forster (Quantum of solace)... Si será cool esto del fin del mundo que hasta la influyente revista Wired le dedica una mirada en su último número con el somero título de Postapocalypse now. Así pues: a destruir se ha dicho, que las modas están para seguirlas.