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Wall.E
WALL-E   Calificación:     ★★★

La dama y el chatarrero


Fotograma de Wall.E

Como le había tentado sistemáticamente hacer humanamente expresivos a los animales y había superado la prueba, al cine de animación le viene tentando el desafío mayor de hacer lo propio con robots.

Sin importarle el fiasco de meritorios intentos anteriores, desde el español 'PXK Pinocho 3000' al hollywoodiense 'Robots', la productora Pixar y Andrew Stanton no sólo han aceptado este desafío sino que le han añadido otros riesgos considerables: el filme, destinado al público infantil, tiene un argumento dramático y una estética desoladora (lo que constituye su mayor cualidad), unos personajes desdichados que viven un amor aparentemente imposible, es prácticamente muda durante buena parte de sus sobrados 98 minutos de duración y el robot chatarrero WALL•E se conmueve con imágenes del cursi musical 'Hello, Dolly!', fotogramas ni memorables ni conmovedores para los adultos que lleven a sus hijos de la mano y extrañas para éstos.

Stanton amaga en todo momento con un fatalismo deprimente que supera a fuerza de sentido del humor y de enorme talento para la creación de imágenes. El Apocalipsis ha tenido lugar y en la tierra, cubierta y rodeada de basura y barrida por vientos de arena y fuego, sólo quedan WALL•E, herrumbroso robot chatarrero, y un insecto. Aterriza la robot EVA, perfectamente pulimentada, y durante la primera mitad de la película WALL•E se enamora de ésta, que le desdeña al principio. Una historia de amor que se convierte en aventura en el espacio.

Lo +: El largo llega tras un corto admirable, reivindicador del estilo y los recursos cómicos de los dibujos animados de antaño.

Lo -: La parte que transcurre en una nave espacial es una sucesión reiterativa de situaciones concebidas para exhibir robótica.







Un fotograma de Wall·E, en el que se ve al robot y a su amada Eva

Era inevitable que la figura del robot evolucionase en el imaginario de la ciencia-ficción desde la mano de obra mecánica hasta la prótesis emocional: Brian Aldiss escribió un poderoso relato al respecto -Los superjuguetes duran todo el verano- que Steven Spielberg -heredando el proyecto de Stanley Kubrick- convirtió en una película tan radical como malinterpretada: A. I. Inteligencia Artificial (2001).

El robot es la mejor (y desechable) compañía del hombre en tiempos de autismo emocional. Wall•E, nuevo triunfo de Pixar y desafiante propuesta del director Andrew Stanton, aporta una interesante derivación de la idea: en el futuro, una humanidad abandonada y vencida habrá delegado todas las sutilezas de la expresión emocional en la programación de sus inteligencias artificiales. Oxidado, pasado de moda y abandonado en un planeta muerto, Wall•E es lo más humano de una película que parece esbozar las claves de una suerte de espectáculo futuro y pos-humano.

Ninguna película salida de Pixar ha estado por debajo de la excelencia -ni siquiera la discutida Cars (2006), que extrajo insólita elocuencia de las cromadas superficies de sus personajes-, pero, incluso en ese dorado contexto, una película como Wall•E destaca y sobresale: lo suyo son palabras mayores, un afortunado juego malabar en el que se combinan perfección técnica, poesía libre de imposturas y muchísimo riesgo.

Stanton parece confiar tanto en la inteligencia del espectador como en la capacidad comunicativa de sus criaturas robóticas: la película prescinde de los diálogos en buena parte de su metraje, pero la seducción es prácticamente instantánea.

Con la mirada de un astro triste de cine cómico, Wall•E es un robot programado para prensar y ordenar chatarra que sigue ejerciendo su labor en una Tierra convertida en deshabitado vertedero. Enganchado a Hello, Dolly! (en la versión cinematográfica de Gene Kelly) y al coleccionismo compulsivo de memorabilia humana, Wall•E tendrá ocasión de tantear esa vida emocional que la humanidad abandonó cuando se cruce en su camino Eva, un prodigio tecnológico tan erótico como un I-Mac y tan letal como una bomba H. La improbable, pero conmovedora historia de amor, proyectará sus efectos redentores sobre la antiutopía flotante, obesa y consumista que mantiene entre paréntesis a los seres humanos.

Los animadores de Pixar se han impuesto aquí un desafío respetable: agotar el arsenal expresivo de unos personajes con un repertorio comunicativo tan sintético que casi parecen haikus en movimiento. Tanto los robots como esa cucaracha que se diría resuelta en una línea serán, sin duda, objeto de incesante estudio en escuelas de animación. La conquista técnica es, no obstante, la letra pequeña de una película que se afirma perdurable, perfecta y universal.





Crítica de Cine

Desecho de amor


Otra imagen de WALL-E. BATALLÓN DE LIMPIEZA

A la factoría Pixar le preocupa el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, entre la nostalgia por los objetos encontrados de una civilización que insiste en autoaniquilarse y el miedo a una tecnología que nos puede convertir en obesos anestesiados incapaces de levantarnos de la mullida cama de la indiferencia. Ese conflicto, que también afecta a la reivindicación de la emoción de la animación tradicional y las posibilidades creativas de la digital, ocupan el núcleo de «Wall-E», posiblemente una de las más hermosas películas animadas jamás realizadas. La historia de amor sobre la que orbita la cinta ilustra perfectamente la hermandad entre lo viejo y lo nuevo que propone Andrew Stanton: Wall-E es un robot más bien cochambroso que se enamora de Eve, que parece un I-Mac de próxima generación diseñado por Hayao Miyazaki. Sería injusto tachar de reaccionaria la postura de la Pixar porque restituyendo el pasado (un zippo, un número musical de «Hello Dolly!») está apostando por los restos de humanidad que aún pueden salvarnos del apocalipsis.

Casi sin diálogos, los primeros cuarenta y cinco minutos de «Wall-E» son un concentrado de esos «restos de humanidad» que Wall-E, que sigue recogiendo basuras mientras ignora que todo el planeta es un inmenso estercolero, colecciona en su caverna de metal. Ese largo primer acto es un documental sobre la soledad del robot y su adaptación a un medio hostil, iluminado por la aparición de su objeto amoroso. Su coqueteo no tiene desperdicio, y la delicadeza con que se nos muestra revela el vínculo de Wall-E con el Charles Chaplin de «Luces de la ciudad». Puede parecer que la segunda parte de la película, que transcurre en ese terrible mundo feliz en el que se ha refugiado la raza humana, es más convencional: aquí volvemos a las felices operaciones de rescate de «Toy Story» o «Monstruos, S.A.», apañadas en el bellísimo ecosistema de la ciencia-ficción espacial con moraleja ecológica. Pero la historia de amor sigue siendo la médula espinal de una película con una insólita capacidad para hacer poesía con los mínimos recursos expresivos. Denle a Stanton dos robots flotando en el espacio y la espuma de un extintor, y tendrán un baile que no sólo desafía a la fuerza de gravedad, sino también al resistente corazón del descreído espectador contemporáneo. 

LO MEJOR: sus primeros cuarenta y cinco minutos, un prodigio de poesía melancólica

LO PEOR: que si ponemos el listón muy alto, la película baja su apuesta en la segunda mitad





Otra maravilla de la factoría Pixar. El argumento nos traslada a un lejano futuro en el que el planeta se ha convertido en un inmenso vertedero de bas

El amor no entiende de tuercas


Un fotograma de Wall·E, en el que se ve al robot y a su amada Eva

Nos hemos acostumbrado a que todas las películas que salen de la factoría Pixar sean una maravilla. 'WALL•E. Batallón de limpieza', noveno largometraje de la casa, no es una excepción a esta regla.

Antes se estrenaron, por este orden, 'Toy Story' (1995), 'Bichos' (1998), 'Toy Story 2' (1999), 'Monstruos S.A.' (2001), 'Buscando a Nemo' (2003), 'Los Increíbles' (2004), 'Cars' (2006) y 'Ratatouille' (2007). Es decir, la flor y nata del cine de animación digital de la última década y media.

Se da la circunstancia de que Andrew Stanton, el director del film que ahora aterriza en nuestras pantallas de estreno, también fue el noveno empleado que se incorporó a la nómina de Pixar, allá por 1990, uniendo su talento al de los visionarios fundadores de la empresa, John Lasseter y Pete Docter.

El realizador comenzó a desarrollar el proyecto de 'WALL•E. Batallón de limpieza' en 1991. "Me pregunté qué sucedería si en el futuro la Humanidad desapareciese de la Tierra y sólo quedase en activo un pequeño robot de limpieza –confiesa el director– ¿Qué haría él solo durante años y años? La idea de la cara del personaje se me ocurrió manejando unos prismáticos en un partido de béisbol. Pero en Pixar teníamos claro que, sin la tecnología adecuada, la película era imposible de hacerse, así que esperamos más de una década para ponernos manos a la obra".

El argumento de la cinta nos traslada a un lejano futuro. La Tierra se ha convertido en un inmenso vertedero de basura.

Los seres humanos se han visto obligados a instalarse en gigantescos balnearios espaciales. El robot WALL•E es la única máquina que sigue en marcha de todo el planeta.

Lleva 700 años estrujando, apilando y ordenando cubos compactos de basura. Su única compañía es la de una cucaracha temeraria, y su única afición, la de ver, una y otra vez, una vieja cinta de vídeo en formato VHS de 'Hello Dolly' (Gene Kelly, 1969), el musical protagonizado por Barbra Streisand.

Con el paso de los siglos, WALL•E ha ido desarrollando ciertos rasgos de personalidad humana, tales como la curiosidad, las aptitudes para el baile y las ganas de encontrar novia.

Un buen día, una nave espacial aterriza sobre su cabeza (literalmente) y de ella surge a atractiva robot de última generación llamada EVA. Entre ambos no tarda en encenderse la llama de la amistad... y de algo más.

En el segundo tramo del film, WALL•E y EVA se trasladan a Axiom, una gigantesca estación orbital repleta de humanos gordos y perezosos. Allí, entran en contacto con otros robots, como el villano ordenador central AUTO y un puñado de artefactos deteriorados con ganas de amotinarse.

"La película toca temas de actualidad, como el deterioro del medio ambiente y la fiebre consumista, pero básicamente es una historia de amor", explica Stanton.

Un equipo de primera

Stanton escribió el guión de 'WALL•E. Batallón de limpieza' junto a Jim Reardon, realizador de una treintena de capítulos de la teleserie 'Los Simpson'.

El diseñador de producción Ralph Eggleston ('Toy Story', 'Los Increíbles') se inspiró en pinturas de la NASA de los años sesenta y setenta, y en los bocetos originales del parque de atracciones Disneylandia, para crear el entorno de los personajes.

El director de fotografía Roger Deakins ('No es país para viejos') asesoró a los animadores de Pixar para que los movimientos de cámara y la iluminación de la cinta fuesen similares a los de clásicos de la ciencia ficción moderna rodados en 70 milímetros como '2001, una odisea del espacio'.

Otro peso pesado del equipo técnico fue Ben Burtt, creador de los sonidos de 'La guerra de las galaxias', 'Alien, el octavo pasajero' y la saga de 'Indiana Jone, que se ocupó de los ruiditos robóticos.

Peter Gabriel, por su parte, interpretó 'Down to Earth', el tema principal cantado de la banda sonora, compuesta en su totalidad por el músico, ocho veces nominado al Oscar, Thomas Newman. Al igual que en otras ocasiones, el nuevo Pixar se estrena acompañado por un cortometraje, 'Presto', protagonizado por un mago olvidadizo y un conejo de chistera hambriento.

Un consejo: no se pierdan los créditos finales del film, en los que se repasan varios siglos de historia de la pintura en apenas unos minutos.







Imagen de Andrew Stanton, el creador de WALL.E

Aunque no es tan popular como John Lasseter, lo cierto es que Andrew Stanton (Boston, 1965) es el otro gran genio de Pixar junto a Brad Bird ('Los increíbles').

Como director ya demostró su valía en 'Buscando a Nemo' y, como guionista, ha participado en los más sonados éxitos de la productora del flexo juguetón: 'Toy Story' (y su secuela), 'Bichos' o 'Monstruos S.A.' Ahora, vuelve a la primera línea de la animación con 'WALL•E'.

Pregunta.– ¿Cómo nació este proyecto?

Respuesta.– En 1994 nos dimos cuenta de que Toy Story funcionaría y que igual tendríamos la oportunidad de hacer otro largometraje, aunque no habíamos decidido cuál sería. Así que John Lasseter, Pete Docter, Joe Ranft y yo comimos juntos un día y nos lanzamos un montón de ideas. ¡Y lo curioso es que muchas de ellas terminaron convirtiéndose en películas! Una de estas ideas fue la siguiente: ¿Qué ocurriría si la Humanidad abandonara la Tierra y nos olvidáramos de apagar el último robot? ¡Me encantó! Años más tarde, mientras trabajaba en 'Buscando a Nemo' y tenía que terminar el guión, me puse a pensar en ese robot que se queda en nuestro planeta llevando a cabo su trabajo, cuando ya todos nos hemos marchado, y lo empecé a escribir.

P.– WALL•E arranca en un escenario apocalíptico de claro mensaje medioambiental que, sin embargo, pronto será superado por el verdadero alma de la película: la historia de amor...

R.– Así es, y todo lo demás está precisamente al servicio de los personajes y de esa historia de amor. Yo sabía que estábamos jugando con fuego al tratar temas que han crecido en importancia a lo largo de los cinco años que llevo trabajando en esta película; pero no lo hice con la intención de ser profético, sino que, simplemente, seguí la lógica de la historia.

P.– ¿Cuál fue su principal objetivo en la creación del robot protagonista?

R.– La autenticidad. intentaba que el público realmente creyera en esa oxidada caja metálica y se preocupara por el personaje.

P.– Por contra, EVA es mucho más sofisticada...

R.– Quería que fueran opuestos, al estilo Annie Hall. Él es un tractor y ella, un Porsche. Y esa diferencia me permitió jugar más con la animación.

P.– Pero esa dicotomía debió plantearles un importante reto a los animadores de la película.

R.– Sí, pero les gustan los retos, aunque sean difíciles, porque la gratificación es todavía mayor cuando se resuelve con éxito.

P.– Parece que la animación ha llegado a un punto en el que es capaz de llevar a cabo todos nuestros sueños.

R.– Creo que somos capaces de plasmar en la pantalla cualquier cosa, así que la diferencia reside en lo bueno que seas haciéndolo. Cuántas más posibilidades técnicas hay, más apetito tenemos por inventar.

La cuota 'Made in Spain'

Dentro de la plantilla de algo más de 300 animadores que han participado en la última joya de Pixar, hay tres españoles que demuestran con su talento el auge que vive el campo de la animación en nuestro país.

Se trata de Rodrigo Blaas, Carlos Baena y Enrique Vila. Los dos primeros forman parte de la unidad que se dedicó a dotar de expresividad a WALL.E (los matices emocionales que alcanzaron con sus ojos son dignos de todos los elogios), mientras que Vila, que ya ha participado en superproducciones como 'Matrix', se ha encargado de un trabajo algo más abstracto que tiene que ver con los efectos de las nubes, fluidos o tormentas de arena.

Eso sí, todos coinciden en que estar a las órdenes de Pixar es una experiencia que deja huella por el ambiente de creatividad que reina en el estudio.





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© decine · 2008